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  • ¿Quién podrá defendernos?

    ¿Quién podrá defendernos?

    A dos meses y medio del lamentable fallecimiento de Miguel Uribe Turbay, asesinado por un menor de edad con principios y valores influenciados y permeados por una cultura en la que todo, desde los problemas sociales y estructurales del país, hasta la inconformidad con un mandatario y su gestión, se resuelven con bala. 

    Hoy presenciamos impotentes la ejecución extrajudicial, en aguas del caribe y el Pacífico, de más de 50 ciudadanos del mundo, seres humanos de los que tal vez nunca sepamos ni su nombre, ni su nacionalidad, ni su oficio y mucho menos quién los llora, cuántas familias esperan su regreso ignorantes de su suerte o de su muerte (que para el caso es lo mismo); navegar en aguas del caribe o del pacifico se ha convertido en una ruleta, no rusa, gringa. 

    Las mismas personas que meses atrás se rasgaron las vestiduras, lanzaron acusaciones infundadas y exigieron al gobierno garantías para la vida de sus precandidatos, hoy aplauden, aprueban y celebran la pérdida de más de 50 vidas, a hoy, y además se atreven a juzgar a seres humanos asesinados sin preguntas, sin pruebas, sin requisas, sin un juicio, sin presunción de inocencia, personas sin nombre, sin dolientes, sin oraciones por sus vidas y sin tumbas.  

    Al mismo presidente que atacaron y acusaron implacablemente por no defender las vidas de los colombianos, hoy lo atacan, le dan la espalda y lo acusan por defenderlas ¡Qué ironía! 

    No siento rabia, es una profunda tristeza por un país en el que el valor de la vida está estratificado, en el que hay muertos que duelen y muertos que convienen, una cultura en la que algunos aspirantes a candidatos presidenciales disparan calumnias e infamias y ofrecen bala a diestra y siniestra, o mejor sería decir a siniestra, porque ellos son la diestra que se cree con derecho a eliminar al oponente y al que piensa o siente distinto.  

    ¿Qué esperar de los que utilizan como bandera de campaña la eliminación del contrario a bala limpia o a punta de calumnias y mentiras? 

    Cuando se condena sin pruebas, cuando se ejecutan personas en medio del océano sin juicios ni preguntas, cuando no hay defensa posible ante los abusos y arbitrariedades contra personas y estados ¿Hay alguien que pueda sentirse a salvo? 

    Piénsenlo, si nosotros mismos nos encargamos de negar, anular e invalidar el derecho del país y de sus ciudadanos a un juicio, a unas pruebas, a la más elemental justicia, si a la hora de sancionar, condenar y asesinar no importan los nombres, la procedencia, el oficio, el motivo, el crimen o las pruebas ¿quién podrá defendernos? 

    El presidente de los Estados Unidos se ha ensañado, no sólo con el presidente Petro, sino con el país, desconoce la lucha de Colombia contra el narcotráfico, acusa al presidente de “incentivar fuertemente la producción masiva de drogas en toda Colombia” asegura que este se “convirtió en el mayor negocio de un país que no hace nada por detenerlo”  y amenaza con “tomar medidas muy serias contra Petro y su país, o en lo que se ha convertido su país, que es una trampa mortal”; mientras tanto en “Columbia” los ilustres ciudadanos, los medios de comunicación y los patriotas columbianos aplauden eufóricos. 

    Creerán ellos, en su enorme soberbia, que si las amenazas de Trump se concretan, este señor, que ni siquiera sabe cómo se llama nuestro país, le va a encomendar a su ejército invasor que antes de bombardear identifiquen a sus defensores columbianos para que protejan sus vidas y sus familias.  

    No sean ingenuos, nuestro enemigo no está en el Palacio de Nariño, tampoco en la Casa Blanca, nuestro peor enemigo es la moral relativista, la justicia que exigimos para algunos y negamos para los demás, la traición a la patria, que juramos amar y defender, sólo para castigar al contrario y tener la razón. 

    Nuestra hermosa Colombia también ha sido condenada a una cadena perpetua de violencia, a una democracia en la que unos pocos tienen la verdad, la voz, el voto y los derechos, mientras los derechos, la vida, la honra y las ideas del resto no valen ni una bala, como bien lo dijo el ilustre Abelardo de la Espriella en respuesta a la “inocente e inteligente” pregunta de la ex señorita Antioquia. ¡Qué nivel! 

    Espero tranquila las balas, ya tengo puesto el chaleco…  nos vemos pronto 

    Diana Rodriguez Angulo 

  • Capitulo 2 El Dulce Rostro de la Muerte

    Capitulo 2 El Dulce Rostro de la Muerte

    ¿Lo estabas esperando? acá está: Capitulo 2 El Dulce Rostro de la muerte, no podrás parar de leer

    El remordimiento se apodera de mi, desplaza poco a poco  los demás sentimientos, esclaviza mi alma y la ata a un recuerdo que la tortura; ya no puedo reprimirlo, ha despertado del trauma inicial con una fuerza renovada que agranda la culpa, duele demasiado porque me obliga a revivir la impotencia ante la certeza de lo inevitable.

    Debí insistir, si me hubiera empeñado en  convencer a Rodrigo de lo acertado de mi presentimiento,  tal vez Pedro hubiera escapado de su destino, ¿Será que lo que pasó fue lo que debía ocurrir y por eso no pude evitarlo? igual hay cosas que pasan y otras que hacemos que pasen.

    El  pelo de Manuela, largo y crespo, caía en una negra cascada sobre su espalda desnuda, lo cepilló sin afán, le divertía ver como al soltar la trenza los apretados rizos recuperaban su gracia natural de inmediato.

    Después de quitarse la ropa, un tanto varonil, que usaba para estar en casa, su atractivo cuerpo quedó expuesto al deseo que aún despertaba en Rodrigo; dobló con cuidado el  burdo pantalón  caqui y la blusa marrón.

    Hacía calor, Manuela no se afanó por vestirse, siguió cepillando su cabello y dejó que su mente merodeara por el reino del temor, no sintió la insistente mirada de Rodrigo que la admiraba recostado en la cama con las manos cruzadas bajo la nuca, el abanico en el techo ronroneaba insistente mientras él devoraba en silencio su piel.

    Aquella noche, por una extraña coincidencia, los dos  evocaban el primer día en su hogar, tal vez porque la paz que allí conocieron estaba a punto de desaparecer, se presentía en el ambiente…

    Habían pasado diecisiete años pero el recuerdo estaba intacto, llegaron tarde a Yacarí, el pueblo más cercano, a quince minutos de la finca en campero, necesitaban comprar algunas cosas,  Manuela estaba ansiosa por conocer su nuevo hogar y no dejaba de afanar a Rodrigo, quería usar la alegría que rescató del cementerio.

    Sé que les debe sonar extraño, pero así sucedió:  pasó por allí saliendo de Paya para despedirse de su mamá, se arrodilló frente a la tumba y le contó en secreto sus proyectos, después, con lagrimas en los ojos  recordó que allí fue donde perdió su alegría, se le fue enredada en las espinas de una rosa blanca que se le cayo de las manos y fue a parar sobre el ataúd de su mamá cuando la tierra lo cubría, quiso recuperarla pero unas manos fuertes se lo impidieron, nadie quiso escucharla y tuvo que presenciar impotente como su alegría era sepultada.

    Divertida con el recuerdo se rió con ganas, se burló de sus infantiles delirios, pero cuando estaba a punto de irse descubrió, escondida entre dos bloques de mármol, una pequeña rosa blanca, la cortó con delicadeza y durante todo el trayecto no paró de mirarla con veneración, Rodrigo al fin preguntó intrigado que era lo que tanto le llamaba la atención de aquella florecita y Manuela con la mayor naturalidad le respondió –  mire – acerco la flor hasta ponérsela casi entre los ojos y aclaró – me recuerda el dulce rostro de la muerte – Rodrigo no pudo disimular su confusión,  Manuela le explicó – mi mamá siempre decía que la muerte es un pálido ángel de dulce rostro que aparece cuando alguien muere y le extiende su mano para guiarlo hacia el más allá –  Rodrigo pensó que era una extraña pero poética manera de concebir algo tan crudo como la muerte.

    Guardó la alegría en el bolso sin dar más explicaciones y se preparó para  disfrutar de la libertad recién conquistada, Rodrigo bajó del Land Rover para abrir el broche de la entrada, el corazón de Manuela latía tan fuerte que tuvo que poner su mano sobre el pecho para apaciguarlo, apenas pisó aquellas tierras las sintió suyas ¡eran tan hermosas!

    Dos quebradas de agua cristalina enmarcaban el terreno, el verde paisaje rural y el agradable aroma del pasto recién cortado le alborotaron la ilusión, supo de inmediato que allí estaba su hogar.

    Recorrió con la vista embelesada la inmensidad del terreno, quería retener en su memoria la gloriosa imagen, llegó a temer que se tratara de otro de los sueños forjados por su imaginación para escapar del dolor pero ¡Todo era tan real! Sus cinco sentidos se alborotaron: contempló con intenso placer la verde visión, aspiró  agradecida el perfume de las flores al tiempo que escuchaba un dulce canto de esperanza entonado por la brisa y los alegres canarios, a lo lejos como fondo musical se alzaba la bulla de escandalosos toches; un dulce sabor a triunfo empalagaba su alma.

    En un claro entre los árboles advirtió una pequeña cabaña ¡su casa! Se alejó para señalar un lugar bajo la acogedora sombra de la ceiba y gritó con entusiasmo infantil – ¡Acá quiero una enorme casa para nuestros veinte hijos! – corrió hacia Rodrigo, lo abrazó y lo besó con un beso largo, repleto de pasión, un simple gesto que para él lo fue todo, la amó desde que la vio y ya no pudo quitarle los ojos de encima, apareció de repente y lo saludó en voz baja, casi imperceptible, la tímida sonrisa que acompañó sus palabras se veía opacada por la tristeza, eso bastó, una oleada de compasión y ternura envolvió su cuerpo entero con el hechicero calor del sentimiento y en ese mismo instante se propuso devolver el brillo a esos hermosos ojos y hacer que una sonrisa iluminara su rostro para siempre.

    Trabajaron duro, ayudados por Ignacio, para convertir aquella tierra en una finca productiva, Manuela disfrutó como nunca del esfuerzo, paso a paso, como todo lo que perdura, construyeron su nuevo hogar y una relación que fortaleció el tiempo, Pedro nació al poco tiempo y unos años más tarde decidieron que siete hijos eran suficientes.

    Dejó el cepillo sobre el tocador para guardar la ropa ya doblada en el armario, sacó una ligera camisola de algodón y la deslizó sobre su piel con delicada seducción, un halo inevitable de sensualidad la rodeaba, de repente el miedo se concretó, cubrió su  semblante con la sombra de un negro presagio que ya no pudo reprimir, salió sin control de su boca con un tono inequívoco de premonición. – ¡Algo malo va a pasar! – Ignoró sus propias palabras y se arrodilló al pie de la cama para decir sus oraciones.

    Rodrigo no creía en presentimientos, la sonrisa burlona que se asomó como respuesta  se estrelló contra la indiferencia de Manuela: con los ojos cerrados y las manos unidas elevaba una fervorosa oración para calmar su repentino temor, al rato se dio la bendición, levanto la sabana y se acurrucó junto a su marido – no me siento segura con la guerrilla rondando por acá – sintió un vació en el estomago – ¡dicen que se llevan a los muchachos por la fuerza! – El silencio de Rodrigo abrió un espacio a su propuesta – ¿Por qué no nos vamos para la ciudad?–

    Y ¿qué vamos a hacer allá?  ¿De qué viviríamos? – Con una frase tajante dio por terminada la charla – ¡acá nos quedamos, pase lo que pase! – no quería admitirlo pero las palabras de Manuela lograron preocuparlo, esa tarde había ido al pueblo con Ignacio  ¡los niños se habían quedado cortos con su relato! los muros destrozados y las calles llenas de escombros eran testigos mudos del alevoso ataque y en los rostros desconcertados de la gente se sentía la tensión que reinaba en Yacarí.

    En la plazoleta empedrada, frente a la alcaldía, el padre Camilo invitaba a los feligreses a realizar una jornada de oración; el boticario, el carnicero, el medico y un concejal, hacían inventario de sus armas para concluir descorazonados que sumadas apenas servirían para sacrificar una res; el tabernero narraba con todos los detalles lo sucedido a un grupo de vecinos, entre los cuales se encontraban Rodrigo e Ignacio, todo el que pasaba por allí disminuía el paso con disimulo, atraído por la crónica del periodista improvisado.

    Jesús Quijano se asomó al balcón de la casona acompañado por el coronel Manrique, el comandante de la decimosexta brigada,  en su papel de alcalde se dirigió a los presentes con un improvisado discurso, con voz gangosa les pidió calma, aprovechó para alabar los esfuerzos hechos por su administración y terminó enredado en una verborrea inútil que provocó las protestas del publico.

    El coronel Manrique le robó la palabra y en dos minutos calmó los ánimos, prometió proteger el pueblo en ausencia de la policía, hizo énfasis en el riguroso entrenamiento de los soldados asignados para esta labor; los niños del pueblo los miraban boquiabiertos, con sus uniformes camuflados y el moderno armamento parecían salidos de una película de acción; habían llegado en la mañana apoyados desde el aire por una de las brigadas móviles de la Fuerza de Despliegue Rápido (FUDRA)

    Los helicópteros sobrevolaron la montaña para buscar a los policías retenidos, nunca los encontraron, los guerrilleros acosados por la persecución salieron de la cordillera para regresar al campamento por otro camino y evadir al ejército, los prisioneros hacían más lenta su retirada, una orden impartida por radio solucionó el problema, desarmados y sin ninguna posibilidad de defensa los siete agentes fueron acribillados y enterrados a la carrera en una fosa común.

    El pueblo está protegido por los soldados pero  ¿las veredas? – la inquietud de Manuela iba en aumento, la pregunta se quedó flotando en el aire conjurando un desenlace.

    La luz del alba comenzaba a colarse a través de las ventanas con un tenue resplandor dorado, el amanecer del sábado los sorprendió tomando café en la cocina casi oscura, era día de racionamiento y la débil luz de una lámpara Coleman, colgada de la viga central del techo, no bastaba para iluminar el recinto.

    Terminado el café, Rodrigo mandó a Ignacio a ensillar los caballos y se quedó revisando que Pedro y Juancho llevaran las grapas y el alambre suficientes para reparar las cercas,  los vio alejarse mientras bromeaban entre ellos como siempre, fue entonces al deposito para llenar los tanques con los químicos que usarían Julián y Gonzalo para fumigar los maizales, apretó las correas que sujetaban las fumigadoras a la espalda de los niños, luego lo acompañaron al establo y se dirigieron a cumplir con su trabajo. Julián, de catorce años y Gonzalo de trece, eran dos muchachitos altos y flacos pero en sus cuerpos  ya se podía ver que heredarían el tamaño de su papá.

    Rodrigo e Ignacio galoparon hacia el extremo oriental de la finca, atravesaron la espesa arboleda que separaba la casa de los potreros y cultivos: un denso manto de color verde profundo que se desvanecía para mostrar, en todo su esplendor, una tierra maravillosa y fértil, la brisa cálida y seca les golpeaba el rostro y jugaba con sus sombreros, Rodrigo devoraba la extensa llanura evocando alegres recuerdos de su niñez.

    En las largas jornadas de vaquería compartidas con su papá, Miguel Tascón,  aprendió todo lo que sabía de ganadería, pasó toda su infancia al lado de recios llaneros, al caer la noche se reunían alrededor de una fogata en algún lugar de la infinita llanura, una pausa para comentar la jornada y descansar; no faltaba el vaquero que encabritado como un potro cerrero por el aguardiente, se quejara de la ingratitud de las hembras y terminara despojado de su orgullo de macho llorando con amargura.

    Miguel, disimulaba su disgusto y lo interrumpía para decir – sea macho mijo, los hombres no lloran y menos por una vieja   –  luego se hacía cargo del despechado bebiendo con él hasta que aceptaba, sin titubear, que  amar a una mujer era el camino de la desgracia.

    Rodrigo tendría que luchar contra los prejuicios inculcados y vencerse a si mismo, solo así podría detener la rueda de la venganza para impedir que arrasará, en su giro mortal, con su vida y la de su familia.

    Manuela se asomó por el balcón del segundo piso, quería saber qué causaba las carcajadas de Juanita, admiró la paciencia de Gloria para acorralar una a una las gallinas y meterlas al galpón ya limpio, difícil labor ya que Juanita correteaba los pollitos espantando también a sus nerviosas madres, Carmen por su parte, estaba lavando y desinfectando los comederos para luego ponerlos a secar, boca abajo, sobre el pasto.

    Le gustaba verse prolongada en esas niñas, feliz de ver como disfrutaban la vida con toda la alegría que le fue negada, a los diez años – la edad de Gloria – su infancia se truncó abruptamente y los juegos fueron desplazados por una abrumadora realidad: la muerte de su mamá fue el origen de su desgracia,  desde entonces se le convirtió en una obsesión morir, era a su modo de ver,  una forma de escapar a un lugar muy lejano donde el dolor no podría alcanzarla.

    El baño de los perros acabó convertido en un caos, la bulla de las niñas y los gritos de Leonilde la obligaron a bajar para averiguar qué pasaba, los animales llenos de jabón escapaban del agua, corrían por todos lados patinando erráticos; pasaban del lavadero a la cocina por la puerta lateral, salían por la del frente y embarraban con sus patas el piso del porche recién lavado, la escena era tan divertida que tuvo que hacer un enorme esfuerzo para contener la risa, con un fingido gesto de enfado despachó a las niñas para atrás de la casa a terminar su tarea.

    El alboroto había dado paso a un silencio apacible que Manuela agradeció; de repente, la fatalidad se materializo en un grito agudo que irrumpió con su aterrador acento en la calma y la alejó para siempre.

    Manuela instintivamente buscó a Leonilde con la mirada pero no la encontró, corrió hacia la puerta y con las manos apoyadas en la baranda intentó ubicar la procedencia del grito, Juancho salió de atrás de la ceiba corriendo hacia la casa, como perseguido por un espanto – ¡Leonilde! ¿Dónde se metió? – Gritó y sin esperar respuesta fue hasta la puerta del porche y sacudió a Juancho por los hombros – ¿Qué pasó? ¿Dónde está Pedro?– un horrible presentimiento estremeció su cuerpo  –  ¡Se lo llevan mamá, se lo van a llevar!

    Salió corriendo en la misma dirección de la cual vio venir a Juancho sin saber qué hacer, en el camino tropezó con Leonilde que alertada por el grito salía del baño subiéndose los pantalones. – ¡Leo, busque a Rodrigo y a Nacho, algo pasa con Pedro!

    Las pesadas botas de caucho, que usaba para lavar los pisos, dificultaban su carrera, Juancho la alcanzó, tomó su mano y la guió por un atajo a lo largo de la orilla del río, lo atravesaron por un remanso y tomaron cuesta arriba por entre las matas de yuca, avanzaba penosamente ahogada por el esfuerzo pero no podía detenerse ¡su hijo estaba en peligro!

    Al fin lo vio en la punta de la loma, un grupo de hombres uniformados lo rodeaba, dos de ellos lo retenían por los brazos mientras Pedro forcejeaba para soltarse. –  ¡Suéltenlo! – Gritó – ¿Quiénes son ustedes?

    Eran guerrilleros, uno de ellos se apartó del grupo y se le acercó, su aspecto feroz logró acobardarla, los ojos color ámbar brillaban como brasas encendidas sobre su piel morena, no era muy alto ni demasiado fornido, su miraba arrogante recorrió su cuerpo desvistiéndolo, sonrió levemente y con fingida cortesía se quitó la boina verde oliva.

    Cálmese, mi nombre es Roberto, estamos reclutando al muchacho para la guerrilla – anunció sin inmutarse, como si la vida de Pedro le perteneciera.

    ¡Antes me matan! – corrió hacia Pedro, empujó a los hombres que lo retenían y  lo abrazó para protegerlo con su menudo cuerpo, los hombres se miraron entre ellos desconcertados con su reacción y sin saber qué hacer, pero el comandante sin vacilar montó el fusil y lo puso bajo la barbilla de Manuela, la presión le hizo levantar la cara hacia el cielo, los demás lo imitaron apuntando a Pedro con sus armas.

    Quedaba así en evidencia la crueldad de Roberto, el hombre bajo cuyo mando quedaría Pedro a partir de ese día; Juancho, muerto de miedo, no sabía si intervenir o salir corriendo en busca de ayuda, era bajito y muy flaco, eso lo hacía parecer mucho menor que Pedro –aunque se llevaran apenas un año – esta desventaja física había hecho de él un muchacho  inseguro y temeroso.

    Vea señora ¡no sea bruta! No se haga matar estúpidamente – apoyó el dedo sobre el gatillo para que supiera que no le temblaría la mano para matarla.

    Pedro la agarró por los hombros y la apartó, luego con su aplomo natural le pidió al comandante unos minutos para calmarla, Manuela cayó de rodillas decidida a rogar, no tenía más armas para defenderlo que la sumisión, ni más argumentos que el intenso dolor que hacía pedazos su corazón. Pedro no lo pudo soportar, de un brusco jalón la levantó del piso y la abrazó con ternura, quería protegerla de la mirada burlona de unos hombres, que tal vez en el pasado protagonizaron una escena parecida, solo tres de ellos miraban hacía otro lado, el resto parecía disfrutar del doloroso espectáculo.

    Mamita, no les ruegue a estos… – le hablaba al oído, su mirada llena de odio completó la frase, se aferró a Pedro y se rebeló en silencio rogándole al cielo que  acudiera en su defensa, Pedro pateaba las piedritas del suelo aparentando indiferencia, cerró los ojos e imaginó que regresaba a la seguridad de su vientre, evocó recuerdos olvidados para espantar el miedo.

    Un insistente golpeteo en su hombro lo hizo reaccionar, era Juancho y señalaba hacia la montaña: Rodrigo e Ignacio venían galopando cuesta arriba desde el potrero. La admiración que sentía hacia su padre lo animó, pero le bastaron unos pocos segundos para comprender que sólo en sus fantasías infantiles, él con su fuerza descomunal era capaz de vencer al mismísimo diablo, como  Florentino, en la leyenda llanera que muchas veces le escucho contar en las apacibles noches sin luz, siempre imaginó que el hombre que iba a caballo para enfrentar al demonio era Rodrigo Tascón y por un momento soñó que venía a rescatarlo a él de su viaje al infierno.

    Rodrigo llegó pálido, derrotado por la angustia se apeó del caballo armado apenas con un machete, a su lado Ignacio sostenía las riendas de los animales que se revolvían inquietos presintiendo la calamidad. Los ojos esperanzados de su mujer y sus hijos le desgarraron el alma y lo confrontaron con la cruel certeza de su impotencia.

    Sabía que tendría que resignarse y entregar a su hijo para proteger a la familia  de las represalias de la guerrilla, empuñó con sus palabras serenas el  puñal del sacrificio, revolvió el cabello de su hijo y  le dijo –  Lo siento mijo – en su mirada había una mezcla de ternura y culpabilidad que quiso ocultar calándose más profundo su sombrero – recuerde como lo hemos educado – luego bajó la voz hasta hacerla casi imperceptible – evite matar ¡puede hacerlo –  abrazó a Pedro y terminó con sus consejos – usted es un buen muchacho y lo va a seguir siendo, yo lo sé…  – la voz se le quebró mientras hacía un esfuerzo enorme para calmarse pero fue inútil, desvió la mirada y la dejó suspendida en la lejanía, necesitaba acallar su conciencia que a gritos lo recriminaba por cobarde.

    Pedro lo escuchó sin decir nada, su silencio tan elocuente hirió a Rodrigo en lo más profundo, lo abrazó fuerte con mal disimulada tristeza, no los miró, tampoco les habló, ni suplicó por su libertad,  era inútil y necesitaba guardar su rencor y  dignidad, atesorarlos en un rincón de su ser para usarlos cuando fuera necesario.

    Un grito los hizo reaccionar – ¿Qué pasó? A ver, límpiese los mocos y camine, ¡no tenemos todo el día! –  Roberto estaba impaciente.

    Pedro se despidió de su familia, seguía sin decir una palabra para evitar que el llanto inminente lo traicionara, Rodrigo estrechó a Manuela con sus fuertes y protectores brazos para  que no se desmoronara al ver al grupo de hombres alejarse con su hijo, se perdieron en la distancia hasta que se los tragó la montaña en el laberinto de sus verdes fauces.

    Las niñas jugaban frente a la casa ignorando lo sucedido, no se dieron cuenta de que su mamá entró llorando y se escondió en su habitación, no quería que la vieran en ese estado, luego escucharon claramente los gritos de Rodrigo – ¿Dónde están las llaves del jeep? – Siguió dando ordenes con brusquedad – ¡Ignacio, nos vamos para el pueblo por ayuda!

    La impotencia acrecentaba su dolor y lo hacía insoportable, se sentía culpable por no haber sido capaz de defender a su hijo, se recriminó por su cobardía sin tener en cuenta que estaba solo y desarmado, que la prudencia  lo hizo detenerse a tiempo para evitar un enfrentamiento que, de todas formas, hubiera resultado inútil.

    Juancho se quedó solo sin saber que hacer con su tristeza, no podía pensar en lo sucedido sin que se le llenaran los ojos de lagrimas y le doliera el estomago, tampoco quería molestar a su mamá, invitó a las niñas a bajar al río, la tarde era calurosa y decidieron darse un baño, al rato llegaron Gonzalo y Julián que venían de los maizales.

    Juancho no pudo callar más, necesitaba repartir el dolor para ver si lo podía soportar, si al compartirlo con sus hermanos lograba liberarse de esa roca que le oprimía la boca del estomago y le impedía respirar, fue su primer encuentro con el sufrimiento y le asustaba que doliera tanto, interrumpió de pronto la diversión: –  Vengan, tengo que contarles algo – se detuvo al ver sus ojos inocentes llenos de curiosidad, pero pudo más su necesidad de compartir el dolor – Pedro se fue – informó sin más preámbulos –  se lo llevaron los guerrilleros y quién sabe cuando vuelva – hablaba con indiferencia como si así le pudiera restar gravedad a lo que estaba pasando.

    Juanita, Gloria y Carmen lo miraron unos segundos, trataban de entender lo que decía, supo que habían comprendido cuando se abrazaron llorando desconsoladas. Gonzalo y Julián agacharon la cabeza pero sin llorar,   regresaron a la casa en silencio, no había risas ni juegos, sólo un profundo dolor que no se alivió al compartirlo, como creyó Juancho, sino que parecía crecer alimentado con el de sus hermanos.

    Rodrigo llegó derecho a la alcaldía, frenó en seco frente a la puerta, se bajó del carro y entró buscando a Jesús Quijano, necesitaba su ayuda para hablar con el coronel Manrique, le iba a pedir que rescataran a Pedro, el coronel fue muy claro: – Como usted sabe, don Rodrigo, tenemos asuntos más graves por atender,   entiendo su situación y quisiera ayudarlo pero no puedo meter mis hombres al monte, es su territorio, usted sabe que anoche se llevaron unos agentes de policía y tampoco podemos hacer nada por ellos, sólo esperar. Le prometo que si sé algo le aviso – No valieron sus ruegos, regresó a su casa sin una solución y lleno de rabia por la respuesta del coronel.

    La noche cayo lentamente abrigando la tierra con su triste manto, la oscuridad envolvía todo robándose el color, una sombra gris cubría el ambiente y los corazones,

    La rústica mesa de madera parecía salpicada por la lluvia, lagrimas silenciosas surgían del profundo desconcierto de aquellos niños, la hora de la comida, siempre tan bulliciosa, esa noche se hacía insoportable, todos trataban de ser fuertes para fortalecer a los demás, Juanita, revolvía con desgano el sancocho sin animarse a probarlo, observaba impotente las gotas saladas que caían en el plato, de pronto, no pudo contenerse más, sus sollozos aumentaron hasta desbordar su control, su abierta expresión logró contagiar a sus hermanas y luego a sus hermanos que ya no quisieron reprimir más su profunda tristeza.

     Manuela salió de la casa para huir del dolor de su familia, le quemaba el alma, se sentó en el banquito de madera que usaba Leonilde  para desgranar el maíz,  era pequeño así que sus rodillas quedaban  casi a la altura del pecho, las abrazó con sus brazos e imaginó que abrazaba a  Pedro.

    Luchaba contra la pena, podía soportar su ausencia pero su angustia iba más allá, Pedro era todavía un niño, detrás de su corpulenta figura y aparente fortaleza se escondía un mar de bondad que haría mucho más difícil su experiencia, sintió rabia, no aceptaba esa injusticia tan grande, ¡era su hijo!  

    De pronto las manos de Rodrigo se posaron sobre sus hombros – Los muchachos están muy tristes, Juancho les contó lo que pasó – el pesar se asomaba a su rostro, parecía haber envejecido de repente – ¡Pobrecitos! Son tan chiquitos y les debe costar mucho entender  – Manuela se llevó las manos a la cabeza para borrar de su mente tantos pensamientos negativos que la acosaban –  Rodrigo… – meditó un poco antes de decidirse a preguntar – ¿Por qué se creen con derecho sobre su vida? ¡Es mi hijo, yo lo tuve, yo lo crié, es mío! ¿Por qué me lo quitan? –  ahogaba un grito que quería salir para expresar su desesperación, de nada valió su pobre intento por defenderlo.

    Lo perderían para siempre, de una u otra forma el niño que se había ido jamás volvería, la incertidumbre por su suerte era más dolorosa que la certeza que se siente al ver cerrar una tumba con alguien querido en sus entrañas.

    Juancho calmó un poco a su hermanitos y los hizo acostar, luego salió como en trance hacia la ceiba para refugiarse bajo sus ramas, el árbol expresaba la pena a su manera, de él caían hojas secas para acompañar el llanto ruidoso de Juancho que parecía ahogarse con lo que llevaba dentro.

    Rodrigo fue tras él  – Juancho, no llore, él va a estar bien – no era solo dolor… escondía su temor detrás del amargo llanto, lo sucedido con Pedro  predecía su propio futuro.

    La noche se deslizó lentamente con un silencio profundo al cual contribuía el ambiente, parecía que hasta las cigarras aquella noche se olvidaron de chirriar y los sapos se silenciaron en solidaridad con el dolor de la familia Tascón, nadie durmió en la casa, la incertidumbre alejaba el sueño y Manuela se revolvía en la cama inquieta, se preguntaba acerca de la suerte de sus otros hijos.

    Pedro se había ido como un valiente, no se derrumbó frente al dolor de su familia, tomó fuerzas de su amorosa presencia y se aferró a la esperanza de volver algún día a ese hogar, del cual era arrebatado sin compasión para servir a intereses que nunca entendió ni compartió. Se marchó por un camino sin retorno, la vida debía continuar, poco a poco todo volvería a ser como antes a pesar del inmenso vació y la enconada resignación que dejó su ausencia.

    Leer la sinopsis de El Dulce Rostro de la Muerte

    Si te lo perdiste Capitulo 1 – El Dulce Rostro de la Muerte

    el dulce rostro de la muerte

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  • Desasosiego

    Desasosiego

    Desasosiego: un recordar perpetuo y un esperar constante que  te roban la calma de pisar la tierra firme y segura del ahora.

    ¿Tienes ahora esa sensación que te roba la paz, que te hace sentir intranquilo, angustiado, ansioso,  asustado tal vez?

    El desasosiego es la consecuencia lógica de resistirse a lo que es, de volar con la mente en el tiempo hacia delante y hacia atrás, en un constante devenir entre el recuerdo y la anticipación.

    Un recordar perpetuo y un esperar constante que  te roban la calma de pisar la tierra firme y segura del ahora.

    Ahora bien, en toda vida hay momentos dolorosos: pérdidas, fracasos, la muerte de alguien amado, el final de una relación, hechos que hacen tambalear tu estabilidad y te sumergen en la desesperanza.

    La única opción es la aceptación, es en esos momentos cuando más necesitas de la fortaleza que hay en ti, por eso es tan importante practicar la presencia en los períodos en los cuales la vida trascurre con facilidad.

     Así, cuando tengas que enfrentar una experiencia difícil dispondrás del entrenamiento necesario para observar tus pensamientos, sentir tus emociones conscientemente y entrar en el lugar de la aceptación sabiendo que esto también pasará.

    Negarte a aceptarlo es negarte la paz, las cosas son como son y tu renuencia a aceptarlas es lo que te mantiene atado al dolor.

    Los momentos de mayor sufrimiento pueden ser la oportunidad para despertar, de una vez por todas, del sueño profundo en el cual has vivido, o pueden sumergirte en una pesadilla que se prolongue por mucho tiempo.

    La diferencia está en tu nivel de consciencia, si has aprendido a observar continuamente lo que sucede en tu interior te será mas sencillo aceptar tus emociones sin juzgarlas, comprender que son adecuadas al momento que vives sin que se conviertan en tu identidad.

    Siéntelas plenamente, no las rechaces, no luches contra ellas, déjalas fluir libremente sin huirles.

    No evadas el dolor pero tampoco lo alimentes, no acalles la tristeza pero tampoco te aferres a ella, no te identifiques con lo que sientes ni lo conviertas en un pretexto para compadecerte de ti mismo o para generar compasión en los demás.

    Permite que tus emociones se expresen y préstales tu total atención, si te resistes a ellas se quedaran agazapadas en tu interior esperando un mejor momento para atormentarte.

    El dolor reprimido, los hechos no aceptados, el resentimiento, la culpa, el rencor, los remordimientos, todas esas emociones que experimentas sin consciencia son la raíz de tu desasosiego presente.

    Tampoco lo evites, préstale tu atención plena, concéntrate en la sensación que produce, siéntelo con todo tu cuerpo, obsérvalo sin temor, déjalo ser y acéptalo, veras como poco a poco se va disolviendo a la luz de tu conciencia y desaparece.

  • Fracaso

    Fracaso

    No te imaginas el caudal de bendiciones que obtendrás como repuesta a los interrogantes que suscitó un fracaso.

    Si pudieras ver el panorama general comenzarías a considerar al fracaso como uno de los mejores aliados de tu crecimiento.

    Nada ofrece una mejor oportunidad de evolución que las circunstancias adversas.

    Algunos fracasos son ventanas que se cierran para permitirte ver una puerta de oportunidad más grande,  otros son postes indicadores de un camino errado.

    Otros más son finales necesarios que dejan espacio a nuevos comienzos, muchos de ellos son simplemente la respuesta a tus intenciones.

    Cada fracaso es una alarma que te invita a despertar, comienzas quejándote y sintiéndote victima por un tiempo y luego, lentamente, te vas dando cuenta de tu responsabilidad en esta situación:

    Hiciste una mala elección, tomaste una decisión equivocada, deseaste algo que requería de este fracaso para ser manifestado.

    Si, muchas veces eso de lo cual reniegas es la respuesta a una creación consciente o inconsciente.

    Es porque aún no comprendes el poder de tu intención, de tus palabras y pensamientos creadores de realidad.

    ¡Ten cuidado con lo que pides porque lo obtendrás!

    Ese es un poder que posees pero aún no sabes utilizar, ignorar las leyes de la creación no te exime de sus efectos, eres causa de todo en tu vida y ejerces este poder sin responsabilidad.

    Entonces cuando fracasas te sientes victima de las circunstancias y tu actitud negativa empeora las cosas, sigues creando más y más de lo mismo.

    Despertar es tomar conciencia de ese poder, comenzar a preguntar: ¿De dónde proviene?, ¿Por qué lo posees?, ¿Qué te hace merecedor de ese privilegio?

    Cuando preguntas te diriges poco a poco a la verdad, al descubrimiento de lo que eres y de todo lo que puedes hacer con tu vida si eliges ejercer tus dones con responsabilidad.

    Una primera pregunta te llevará sin duda por un camino de conocimiento.

    Esa pregunta inicial expresa tu intención de conocer la verdad, has elegido salir de la ignorancia y tu elección ha sido aceptada.

    Sin duda tu fracaso te regala el mayor tesoro al que puedes aspirar en tu vida: conocer quien eres, entender tu grandeza y poder, acceder a la fuente creativa que habita en ti.

    Aprender las leyes de la creación y aplicarlas sabiamente para recibir todo lo que espera tu intención para manifestarse, encontrar un refugio en el cual resguardarte mientras la tormenta pasa.

    No te imaginas el caudal de bendiciones que obtendrás como repuesta a los interrogantes que suscitó un fracaso.

    Para leer más visita Palabrario

  • Abandono

    Abandono

    Cuando comprendas que el amor más grande es tu propio amor y la relación más importante es contigo mismo…. estarás cerrando la puerta al abandono.

    Las relaciones son la mejor escuela en la vida, cada persona que se cruza en tu camino, así sea por un segundo, es un maestro y a la vez un alumno, la vida lo ha puesto frente a ti para enseñarte alguna lección.

    Experimentar alguna forma de abandono es una puerta forzosa a estar en soledad.

    Una invitación a confrontar tus debilidades y temores, una oportunidad para estar en tu propia compañía y enfrentarte con lo que eres o crees ser para descubrir que tienes todo lo necesario para vivir contigo mismo y comprender que no necesitas de nadie que te complemente.

    En este estado doloroso y negativo en apariencia, puedes encontrar dentro de ti una fortaleza desconocida, esa es la primera lección del abandono: descubrir que así te quedes solo aún hay mucho por rescatar y aunque duela la vida sigue plena de promesas y oportunidades.

    Un buen comienzo es comprender, respetar y valorar lo que eres, un ser completo, integro y total, pero no tienes que esperar a que la vida te imponga la soledad para comenzar a reconocerlo.

    A partir de ahora ama como un rey y no como un mendigo, derrocha amor, no dependas, no te apegues, no controles, ama simplemente ama, esa es la clave.

    Cuando puedas sentir que tu soledad es un tesoro que te da la oportunidad para entrar en ti;

    Cuando comprendas que el amor más grande es tu propio amor y la relación más importante es contigo mismo, que en el desapego se encuentra la clave para amar sin miedo y sin incertidumbre; en ese momento estarás cerrando la puerta al abandono, porque ya nadie podrá abandonarte.

    El abandono sólo puede existir en una relación que se basa en el apego y la dependencia, cuando sientes que necesitas retener a alguien a tu lado para estar completo o para ser feliz.

    Pero si entiendes que lo único que puede mantener a alguien junto a ti es el amor, sabrás que si se va es porque la lección de ambos terminó y cada uno debe continuar su camino, en otra relación o en otras circunstancias.

    Te invito a completar tu lectura con un insight, si aún no o has hecho sigue la Guía Para reflexionar

    Sígueme en Instagram @diana_rodriguezangulo

    Libros sugeridos

    Las Heridas del Abandono Daniel Dufour

    ¿Has pensado alguna vez que no eres capaz de inspirar amor? ¿Has tenido alguna vez miedo al compromiso? ¿O has planeado abandonar a tu pareja porque creías que si no lo hacías tú, lo haría ella?

    Si la respuesta a todas esas preguntas es sí, probablemente tienes el síndrome del abandono. Si es así, este libro está escrito especialmente para ti.

    En él encontrarás ejemplos de casos reales, análisis y consejos terapéuticos que te acompañarán en el camino de la sanación.

    Fruto de una larga trayectoria de trabajo con personas heridas por el abandono, este libro ofrece una gran lección de amor y, por ende, una lección de vida.

    Del Abandono a la Sanación Susan Anderson

    El miedo al abandono es uno de nuestros miedos más primordiales, y con justa razón. Su dolor es abrumador y puede afectarnos el resto de nuestra vida.

    Susan Anderson, terapeuta especializada que durante 35 años ha atendido a personas que han sufrido pérdidas, desamor y abandono, nos comparte en esta edición los descubrimientos en neurociencia más recientes que le ayudarán a poner su dolor en perspectiva.

    Ya sea que se encuentren atrapadas en patrones de auto sabotaje o en una relación en la que ya no se sienten amadas, este libro proporciona un programa completo para la recuperación del abandono desde el primer pasmoso golpe hasta cómo volver a empezar.

    Los Días del Abandono Elena Ferrante

    Todo cambia en la vida de Olga cuando, después de quince años de matrimonio, Mario la abandona por una jovencita.

    Sola con sus dos hijos, el mundo en apariencia perfecto de la mujer se desmorona. Atrapada entre las cuatro paredes del piso que antes llamaba hogar, Olga no duerme, no come y casi no se reconoce: quien está al otro lado del espejo cuando se mira por la mañana.

    Leyendo Los días del abandono nos convertimos en testigos de una caída libre hacia la desolación, un lugar donde ya nada tiene sentido, pero como en todos los buenos libros, también en este «thriller del alma» cabe la sorpresa, y el abandono puede abrir puertas que antes eran muros.

    El Abandono del Ser Amado: La herida que más perdura – Jonathan Camarillo García

    En este libro conocerás a detalle las etapas que vive el ser humano al sufrir el abandono del ser amado.

    Además de encontrar las herramientas necesarias para poder enfrentar los temores y las sensaciones terribles que se experimentan al hacer frente al duelo de la decepción amorosa.

    Aprenderás a ver nuevamente tu realidad, recuperar tu dignidad y autoestima, a encontrar el más grande regalo que la vida te puede dar.

    Conocer que el amor verdadero no está en algo o en alguien, que el amor verdadero siempre estuvo en tu interior.

  • Abundancia

    Abundancia

    Lo que será no existe y lo que fue tampoco, tan sólo lo que es, un eterno presente en el que  ya lo eres todo y lo tienes todo.

    La abundancia tan perseguida por todos no es algo que se puede medir en dinero, posesiones o logros, sólo en dicha y satisfacción, si valoras  lo que ahora eres y tienes vives en abundancia.

     Si crees que aun no llega, que algo te falta, que nada es suficiente, entonces aplazas el reconocimiento y disfrute de tu abundancia mientras esperas lo que vas a tener, ser o hacer en un futuro.

    El único momento en el que puedes disfrutar es ahora, el presente y  lo que ya es, no lo que fue o lo que será.

    No puedes saber si lo que esperas llegará o si lo que perdiste volverá, tu única certeza es lo que ya es, lo que está ahí y es real.

    Desde este punto de vista, definir la abundancia se convierte en algo simple: es la capacidad de apreciar cada segundo, de disfrutarlo, sentirlo y agradecerlo.

    Porque lo que será no existe y lo que fue tampoco, tan sólo lo que es, un eterno presente en el que ya lo eres todo y lo tienes todo.

    No es posible saber si lo que esperas llegará o si lo que perdiste volverá, tu única certeza es lo que ya es, lo que está ahí y es real.

    Los sueños son importantes al igual que  los deseos, las metas y los propósitos, pero sólo son indicadores del destino al que quieres llegar.

    La vida es ahora, lo que disfrutas y vives, el resto son ilusiones que te impiden valorar y agradecer lo que eres, tienes y haces.

    Todo lo que te sucede es parte del camino que conduce a tu objetivo, en él se manifiesta  un plan superior que apoya tu elección, aunque  muchas veces no entiendas por qué pasa lo que pasa y creas que te estás desviando,  ten presente que  la meta es la que tú decides pero los caminos para llegar a ella muchas veces son confusos y misteriosos y no se parecen en nada a tus planes.

    Rechazas la abundancia cuando ignoras todas las bendiciones que ya tienes, te aferras a una idea de cómo  debe ser la vida y te niegas a fluir con ese plan que sólo busca darte de manera perfecta todo  lo que  has elegido.

    Si quieres experimentar ahora mismo la abundancia vive con los sentidos, la mente y el alma en cada cosa que hagas, en cada bocado, en cada abrazo, en cada instante de tu vida.

    La mejor manera de agradecer lo que has recibido es disfrutarlo.

    Sueña con todas tus fuerzas y elige lo que quieres, un deseo dictado por tu corazón es la voz de tu alma recordándote la razón por la cual estás aquí y brindándote el impulso que necesitas para seguir tu propio camino.

    Abundancia es en resumen  vivir alegre, ser consciente de cada paso, mirar el paisaje que te rodea, apreciar los seres que te acompañan y disfrutar de los bienes materiales que has logrado; si vives así nada te faltará y llenarás de alegría y gratitud cada instante de  tu existencia.

    Diana

    Libros Recomendados

    El Camino de la Abundancia – Deepak Chopra

    Deepak Chopra revela simple y claramente el verdadero significado de la conciencia de la riqueza, y presenta uno por uno los pasos del camino de la abundancia para colmar todos los deseos en todos los niveles de la vida.

    el código de la abundancia – jorge muñoz parral

    ¿Te has preguntado alguna vez porque existen personas persistentemente triunfadoras, mientras que otras continuamente fracasan?

    ¿Te ha pasado alguna vez que deseaste conseguir algún objetivo y lo lograste tal como lo imaginaste?

    ¿Por qué en ocasiones nuestros deseos se cumplen como por acto de magia, y en otros momentos sucede todo lo contrario?

    ¿Existe acaso un método para conseguir materializar todo lo que queremos?

    ¿Qué es lo que más deseas? ¿Tal vez ser más feliz, más sano y más rico?

    ¿Convertirte en un imán para todo lo que deseas, incluyendo dinero, oportunidades y personas?

    ¿La felicidad, el amor?

    A lo largo de la historia ha habido un Gran Secreto que ha estado presente de forma fragmentada en todas las tradiciones orales, en la literatura, en las religiones y en las distintas filosofías de todo el mundo.

    el éxito comenza aquí: imagina tu vida en abundancia – joel osteen

    ¡Aléjate de lo ordinario y vive la vida extraordinaria que Dios diseñó para ti!

    Con la guía del autor best seller y pastor de la Iglesia Lakewood, Joel Osteen, tu mente se enfocará en la abundancia.

    Todos poseemos una visión de nuestra vida y de nuestra persona. ¿Cómo luce tu foto? ¿Te ves elevándote más alto, superando obstáculos, y viviendo una vida en abundancia? ¿O tienes una imagen de derrota de ti mismo, luchando, adicto, con sobrepeso, y sin poder disfrutar jamás de un buen descanso? Las imágenes que dejes entrar en tu mente determinarán el tipo de vida que llevas.

    El sueño que Dios tiene para tu vida es que seas bendecido de tal manera que puedas ser una bendición para los demás. Atrévete a tener la gran visión de una vida en abundancia y confía en que Dios te ayudará a cumplirlo. A través de “El Éxito comienza aquí”, Joel te ayudará a cambiar tu mentalidad conformista para que pronto, en lugar de solo tener un sueño, lo estés viviendo. Tu visión se hará realidad.

  • Acuerdo

    Acuerdo

    El único acuerdo valido es el que haces contigo mismo para ser la luz que ilumine tu propio camino y el de los que caminan contigo.

    Un acuerdo es una negociación tácita o directa que estipula un intercambio del tipo: si me das esto, yo te doy aquello; si actúas de esta forma, yo actúo de esta otra.

    En ese sentido un acuerdo es una forma de condicionar el amor y limitar su expresión a las actitudes de los demás y a lo que puedas obtener de ellos; para cumplir con cada uno de ellos, has hecho también acuerdos inconscientes con tus emociones, has creado para ellas interruptores que se disparan por reflejo ante las actitudes ajenas.

    Entonces, dejas que esos interruptores manejen la maquinaría de tus emociones, dosificas tu amor en lugar de darlo libremente, no actúas de manera espontanea, sólo respondes a lo que percibes, si te sonríen, sonríes, si te hacen mala cara, te pones serio, si alguien está triste, contribuyes a su tristeza, te adaptas al drama, a la celebración o al conflicto… reaccionas.

    Los acuerdos te impiden ser autentico, te niegan el poder de decidir cómo sentirte y cuánto dar de ti mismo, te limitan. Le entregas tu poder y tu luz a las reacciones porque  así ha sido establecido: das de lo que recibes, recibes de lo que das, ¿por qué no poner esta situación a tu favor?

    Te invito a conocer la Guía para Reflexionar una ayuda opcional para que lo leído en el Palabrario no se quede simplemente en conceptos sino que puedas integrarlo a tu conciencia. 

    Haz un acuerdo contigo mismo, decídete a ser luz, cuando está oscuro y una luz se enciende todo se ilumina, pero cuando la luz está presente y llega la oscuridad no puede afectarla, ¿lo entiendes, te das cuenta? Si eres luz, si la llevas contigo a donde quiera que vayas, la oscuridad no tiene poder sobre ti.

    Cuando haces un acuerdo lo que pretendes es obtener algo a cambio de tu luz, le pones condiciones al amor, a la ternura y a la paz, entregas tu libre albedrío a las actitudes de los demás y cedes tu capacidad de ser feliz en cualquier circunstancia. En resumen: cambias tus verdaderas emociones por reacciones que no dejan ver tú ser autentico y así no funciona.

    Decide libremente cómo quieres estar y cómo deseas sentirte, expresa lo que has decidido, se autentico y espontáneo siempre, no esperes a que los demás te amen, ámalos, se sonrisa, alegría, armonía, paz y tranquilidad, lleva la luz en ti y no le pongas condiciones.

    El único acuerdo valido es el que haces contigo mismo para ser la luz que ilumine tu propio camino y el de los que caminan contigo.

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  • Volver a la Fuente

    Volver a la Fuente

    Quiero volver a la fuente, necesito recuperar el gusto por lo que hago, antes cuando escribir era un placer natural, sin una intención diferente al gusto por hacerlo era ¡tan agradable!

    Fluía de mi sin limitaciones para expresarse espontáneamente, un día pensé que podría convertirse en una opción de vida, como una forma de mostrarle al mundo mis valores.

    Fue entonces cuando todo se vino abajo, perdí el gusto, la mística, pasó de ser una forma de expresarme a un medio para lograr un resultado.

    Quiero volver a la fuente para expresarme sin preguntarme que pensará aquel que lea mis palabras, sin medir su efecto y sin compararme con nadie.

    Volver a escribir con la emoción pura de decir lo que siento y pienso, sin limitaciones impuestas por el ego y por el deseo de aprobación.

    Quiero escribir sin pensar en un resultado para dejar volar mi corazón desapegado de una meta.

    Escribir por el simple placer de hacerlo sin condicionarme a la opinión de los demás.

    Deseo vivir de igual manera, indiferente al resultado, libre de las presiones del mundo que me llevan a querer complacer mi vanidad o demostrar mi valor, renunciar a un camino que me lleve a que los demás me conozcan y me aleje de mi propio conocimiento.

    No es fácil renunciar al resultado y dejar de preguntarme mientras escribo qué pensara aquel que lo lea algún día, si será bueno o malo, si será coherente o si gustará.

    No es fácil desprenderse del deseo de sobresalir, de demostrar y ser más que los demás pero puede ser más sencillo si logro entender que siempre he sido alguien especial, que todos lo hemos sido siempre, sin excepción.

    Estoy llena de valores y virtudes latentes en mi ser que debo reconocer, aceptar y expresar sintiéndome muy orgullosa del maravilloso ser que se esconde dentro de mí.

    Quiero encender la luz en mi interior y penetrar en él para ver lo que hay allí porque ahí está mi verdad, mi realidad, mi potencial y mi divinidad.

    Para que buscar allá afuera lo que ya tengo, para que encender la luz del mundo a costa de mi propia oscuridad.

    No es fácil, no lo es, pero es posible y además es una maravillosa posibilidad: conseguir apartarme del deseo y desapegarme del resultado.

    Soltarme y dejarme caer como una gota al océano de la vida, para fundirme en la totalidad de la existencia y así entender que no puedo ser yo sola, aislada del todo.

    Pero al mismo tiempo entender que solo a través del desapego podré vivir feliz sabiendo que no necesito de nada ni de nadie para serlo.

    He vivido en función de los resultados, las recompensas y los halagos y he creído fracasar muchas veces.

    Pero… nunca me detuve a preguntar si fui agradecida con esas oportunidades que la vida puso ante mis ojos, para enseñarme una lección que tal vez aún no comprendo.

    ¿No es el fracaso una respuesta a nuestra caprichosa manera de vivir la vida y exigir de ella el cumplimiento de todos nuestros caprichos?

    Deseamos cosas externas que nos alejan de nosotros mismos y nos venden al mundo, que ocultan a nuestros ojos el verdadero paraíso que reside tan cerca pero que no podemos ver.

    Quiero soltarme totalmente y dejar que sea la vida quien decida lo que sea que me haga feliz, que me haga volver hacía mí para desde allí brindarme sin ningún interés.

    No es fácil, siempre estoy pensando que pasará, que obtendré, como será lo que está más allá de este milagroso instante.

    Ayer fui a jugar bingo con una amiga y ¡ganamos!

    Hoy pude reflexionar acerca de la mentalidad del dinero con el premio del bingo, aunque no fue mucho era suficiente para satisfacer algún capricho pero ¿cuál?

    Entonces dejé de disfrutar el tenerlo para comenzar a sentirme ansiosa porque no sería suficiente para todo lo que quiero y nunca lo será porque siempre voy a querer algo más .

    Fue una valiosa lección, si imagino que no tengo ese dinero disponible para gastarlo la paz vuelve y dejo de sentirme frustrada por lo que puedo dejar de hacer con él-

    Es una paradoja, no me alegra pensar  en lo que puedo comprar sino que me frustro  porque no será suficiente para todo lo que quiero

    De inmediato la mente dispara una creencia: ese dinero no fue una bendición sino una maldición que me robó la paz.

    Y va más allá todavía, tal vez sería mejor deshacerme de él, no tenerlo para no sufrir porque inevitablemente, como todo en la vida, viene y se va.

    ¡Carajo! no logro disfrutarlo sin pensar cuando lo tendré de nuevo y deduzco que sería mejor nunca haberlo tenido.

    Es increíble el poder que le doy a mi mente para tergiversarlo todo y ponerlo al servicio de las creencias limitantes y la visión fatalista del mundo.

    Volver a la fuente y tener la simpleza de mi gato que es capaz de extasiarse con una melodía y expresarlo con elocuencia.

    Su inocente actitud logra contagiarme con un sentimiento de gozo tan simple y a la vez tan glorioso que por momentos envidio su “irracionalidad”

    Una autentica expresión de simplicidad, de consciencia y de plenitud ante las cosas sencillas de la vida que pocos seres humanos somos capaces de experimentar y mucho menos de expresar.

    El disfrute total de su existencia, el ronroneo gozoso cuando come, la energía vital que se desborda en sus juegos, el placer absoluto cuando duerme.

    ¡Claro! Él no tiene el lastre de una mente analítica que lo acose hasta en sus sueños con preguntas interminables que no tienen respuesta.

    Preguntas que me llenan la mente y el corazón sin dejar un espacio para la luz, para nuevos conocimientos, para el amor y la compasión.

    Quisiera la bendición de la simpleza, la paz del silencio verdadero, sin preguntas ni porqués, sin juzgar, criticar ni condenar, llena de aceptación y agradecimiento por el milagro perpetuo de la vida.

    ¡Como quisiera volver a la fuente!

    Diana

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